martes, 28 de enero de 2014

Tu sitio, mi sitio



De nuevo te busco entre los olores de mi ropa y revivo cada momento a tu lado.

Caminar a tu lado es algo religioso. Contar los pasos que damos juntos, hacia un mismo punto... aunque en realidad lo que hago es seguirte, porque no se a donde me llevas, donde acabaremos. Pero no me importa, llevo un tiempo siguiéndote y me fio ciegamente de ti. Hasta ahora me has descubierto sitios y momentos maravillosos y no tengo miedo a nada. Ojalá este camino no acabase nunca y siempre camines a mi lado.

Ya estamos lo bastante alejados de todo y comenzamos nuestro juego, más propio de dos adolescentes que de las personas adultas que somos. No puedo evitarlo y noto como se dibuja esa sonrisa en mi cara, otra vez. Siempre me pasa, es verte aparecer y esa sonrisa, tan peculiar según tu, vuelve a pintarse en mi rostro para no desaparecer en el resto del día. Intento evitarlo, pero no puedo. 

La tarde se ha puesto de nuestra parte y nos regala un sol cálido y agradable. La belleza que irradian tus ojos cuando el sol los cubre, es impresionante. Ese iris bicolor me deja ensimismado y no puedo dejar de mirarlos. Tus abrazos me transportan. Detienes mi corazón con tus achuchones, para volver a hacerlo latir de forma apresurada con uno de tus besos. Tus labios erizan mi piel. Tus manos frías también. 

Pero la tarde llega a su fin y el sol comienza a esconderse tras el frondoso bosque que nos rodea. Toca volver a la realidad y deshacer el camino que nos trajo aquí. Temeroso y confundido busco tu mano, para por unos instantes pasear agarrado a ti, sintiéndote. Me miras y me devuelves una sonrisa al confesarte uno de mis sueños. 

El camino se acaba, la tarde también, pero el recuerdo de un nuevo lugar especial para los dos, vuelve al buscar en mi ropa de nuevo tu olor.