lunes, 6 de agosto de 2012

Perdón y perdones.


Hablemos de Uroko Ono, nigeriano que murió la noche en que sus 6 mujeres, ardientes de deseo le violaron por negarse a darles amor… No va, en serio.

Siempre, a lo largo de nuestra vida, estamos enfadados con alguien. Estos enfados tienen intensidades muy diversas y vienen dados por infinidad de situaciones distintas. Lo que está claro es que para que haya enfado, con que una de las partes involucradas este interesada en ello, basta. Nos enfadamos por palabras, por acciones, por pensamientos, por tonterías, por payasadas, por bromas, por golpes, por caricias, por besos, por indiferencia, por cosas,… nos enfadamos por todo.

Lo normal cuando nos enfadamos es echar la culpa al otro implicado, nunca pensamos que tenemos la culpa nosotros, ya que si pensásemos así, no existiría la discusión o el enfado. Es fácil, el que no lleva razón se enfada y el que la lleva pide que se le reconozca… cabezonería pura y dura. Si todos fuésemos capaces de reconocer nuestra propia culpa, no habría enfados; pero el ser humano es competitivo por naturaleza y su mayor propósito en la vida (de la mayoría) es ser más que el resto.

A veces, los enfados son demasiado fuertes y decimos o hacemos cosas tan desagradables, que huimos del perdón por temor a eternos reproches. Esto es porque el perdón, nunca jamás se otorga con la plenitud absoluta que su significado expresa. Hay un dicho popular, muchas veces utilizado por todos (o por la mayoría) que es: Yo perdono, pero no olvido. De eso es de lo que huimos. Reconocer que ha sido culpa nuestra, seguramente suponga el perdón de la otra persona, pero no el olvido de la acción que originó el conflicto. He aquí la paradoja.

Remisión, absolución, amnistía, indulto, indulgencia… llamadlo como queráis, pero conceded el perdón y olvidad los enfados, porque al final seremos más felices. La vida es demasiado corta como para pasarla enfadado y lo bonito de enfadarse y discutir, son las reconciliaciones.