jueves, 24 de mayo de 2012

Cumpliendo con la lista #1

    Hablemos hoy de la utilización del papel higiénico como coagulador de sangre en los cortes de afeitado... No va, en serio.


     Ayer día 23 de Mayo de 2012 recibía una carta.... Una carta, habéis leído bien. Y no, no era una carta publicitaria ni mucho menos, era una carta de esas que se mandaban antes, cuando Internet estaba reservado a unos cuantos y muy pocos sabían que era un e-mail. Aquellos tiempos en los que incluso los teléfonos móviles apenas existían y no había otra forma de comunicación con la gente que tenías lejos que una llamada de teléfono o una carta.

    A mí me encantaba escribir y recibir cartas, incluso con amig@s de instituto, nos intercambiábamos cartas casi a diario, contándonos cosas que bien podríamos habernos contado en los recreos, pero bueno... nos gustaba este medio de comunicación. También porque en el papel te atrevías a escribir cosas que de otra forma nunca dirías, quizás.

    El proceso de escribir una carta era fantástico, porque si cometías un error, dependiendo del tipo de persona que fueses o volvías a escribir la carta de nuevo, o tapabas con tipex o simplemente hacías un rayón. Yo tenía la costumbre de escribir primero en sucio y después pasarlas a limpio. También tenias que preocuparte un poco porque tu letra fuese mas o menos legible y que los renglones no estuviesen torcidos. Para ellos yo utilizaba el típico truco de una pagina de cuaderno de rallas, en el que en la ultima pagina tenia cada ralla subrayada con un rotulador rojo. Entonces ponías tu folio encima y te servía de guía.

    Luego llegaba el momento estanco, comprar el sello, lengüetazo al sello y directa al buzón de correos. Por cierto, con los avances que tenemos hoy en día y ¿aun no se le ha ocurrido a nadie ponerle un sabor al pegamento de los sellos? Seguro que todos recordamos ese saborcillo que deja en tu lengua un sello y que permanece en tu boca durante algunos minutos. Estaría bien ponerles un sabor.... ahí lo dejo.

    Cuando recibías la carta era una alegría a nada comparable. También podía dar lugar a riñas si tu madre o herman@s la habían abierto antes que tú. Si esto no había pasado, cuando recibía carta, me iba corriendo a mi cuarto y la leía dejando todo lo demás para después. A veces era una lectura amarga, porque tú habías escrito 3 paginas y habías recibido solo una pagina de cuaderno pequeño y ¡¡¡ por una sola cara¡¡¡ (Indignados por cartas escuetas, acampemos en Sol)... pero tú volvías a escribir para poder seguir recibiendo.

     La correspondencia postal, otra de las cosas maravillosas que estamos perdiendo. Os animo a sorprender a vuestros viejos amigos, aquellos a los que le escribíais cartas a volverlo hacer. No podréis ni imaginaros la sonrisa que tendrán dibujada el resto del día en sus caras... como la mía hoy.

Gracias a esa amiga que decidió cumplir mi deseo numero 25 de mi lista de 100 cosas que hacer antes morir; recibir/escribir cartas de papel y tinta.