miércoles, 4 de enero de 2012

Noche de Reyes

El nerviosismo apenas le había dejado dormir durante la noche. Cualquier ruido, por pequeño que fuera, desvelaba su pequeño sueño; pero ante el miedo de que ellos pudiesen verle, fingía dormir profundamente. Fue difícil pasar la noche, ya que la casa completamente a oscuras, parecía tener más vida que nunca. Los pasos se sucedían a lo largo del pasillo, iban y venían constantemente. Él soñaba despierto con todo aquello que había escrito en su carta: la bicicleta, la camiseta de la selección, el escalestrix, el piano, la guitarra... tenían que estar colocando todo lo pedido junto al belén, porque la actividad en el pasillo era incesante. No obstante fingió dormir hasta que el cansancio pudo con él y finalmente, quedó dormido.
 Era extraño tanta actividad, ya que sus padres le habían advertido que los reyes este año seguramente no pasasen por casa, ya que los camellos parecían haber contraído una extraña enfermedad que les impedía realizar viajes largos. No obstante los reyes, le decían sus padres, seguro que pasaban por casa, pero no podrían cargar con todo lo pedido. Él no perdía la ilusión y mientras dormía, soñaba jugar con todo lo pedido y muchas cosas más, que misteriosamente los Reyes le habían traído sin pedirlas, pero que igualmente había deseado en algún momento de su corto periodo de vida.

Un haz de luz que entraba por su ventana y golpeaba directamente en sus ojos, lo cual le despertó. De repente sintió como todo su cuerpo se agitaba y le hacía saltar de la cama. Salió como un rayo de su dormitorio y de apenas dos saltos cruzó el largo pasillo que le separaba de la habitación de sus padres, al grito de "Ya han llegado los Reyes". Al entrar vio como su Mamá rompía en un incontenible llanto y le abrazaba fuertemente contra su pecho. ¿Qué pasa Mamá, no estás feliz?, preguntó. Su madre le miró a los ojos y nuevamente le abrazó. Olvidó el día que era y automáticamente supo que algo raro había pasado. Se deshizo de los brazos de su madre y corrió hacia el salón. Al llegar pudo ver que en casa había personas extrañas, desconocidos que poco a poco bajaban cada mueble por la estrecha escalera que les separaba de la calle. Al asomarse a la puerta pudo comprobar que sus cosas ya estaban metidas en un enorme camión, en cuyo lateral podía leerse "mudanzas". Se sintió perdido, mareado, desorientado... ¿qué estaba pasando? ¿Estos señores no eran los reyes?

Creyó seguir soñando y decidió sentarse en el suelo, junto al Belén, que aun seguía en su sitio, ignorando por completo las dos pequeñas cajas que había junto a él. Mientras intentaba averiguar qué era lo que estaba pasando, su madre le preparó un pequeño vaso de leche y se sentó a su lado para intentar consolarle. Él no lloraba, tan solo miraba un punto perdido en algún lugar del salón y se balanceaba de manera automática, mientras con sus brazos sujetaba sus piernas. Después de un largo rato, su madre rompió el silencio y le dijo: "¿No vas a abrir tus regalos?". El niño no se inmuto, tan solo miró a su madre en ese preciso instante en el que sus ojos no pudieron contener mas lagrimas y preguntó: "¿donde está pasando Mamá?". Su madre nuevamente le abrazó tan fuerte como pudo y le dijo: "Nos mudamos a casa de los abuelos, allí estaremos mejor. Esta casa es demasiado grande y los abuelos están solos, así que iremos a vivir con ellos y de esta forma estaremos todos juntos". El niño volvió a su posición inicial y comenzó de nuevo a balancearse, pero esta vez mirando hacia sus regalos. Su madre no aguantó más y decidió dejarle solo, mientras ella digería la tragedia de aquel inadecuado desahucio bebiendo un poco de café.

Cuando quiso percatarse, su hijo no estaba. Salió corriendo a la calle en su busca, pero no pudo hallarle. Nadie había advertido que el niño saliese de la casa, por lo que decidió buscarle por toda la casa. Cada rincón de aquella casa en el que miraba, le partía el alma, puesto que ya estaba desalojada por completo. Aquella casa en la que había vivido las mayores alegrías que la vida hubiese podido regalarle, era ahora una casa fría, vacía y destartalada. Toda su vida se había enfocado a la consecución de ese sueño: Mi Casa, y unido a este sueño vinieron el resto, pero el mayor logro conseguido en aquella casa había sido su hijo. Cada metro que recorría por aquella desolada casa, le recordaba un momento concreto de los 6 años de vida de su hijo: su búsqueda, la preparación de su habitación, el olor a pintura, su nacimiento, su llegada, el montaje de su cunita,... todo lo que aquella casa encerraba, había sido pensado para conseguir ese sueño: una casa, una vida... una familia.

Algo le sacó de sus pensamientos, un fuerte estruendo en la habitación de Carlitos. Al abrir la puerta pudo comprobar que su hijo, ayudado de un pequeño trozo de madera había propinado tal golpe a su pequeña hucha cerdito; que las monedas estaban esparcidas por toda la habitación. Entre llantos y con una velocidad pasmosa, las recogía una a una y las introducía en su pequeño cubo de playa. Cuando ya las hubo recogido todas, alargó su pequeño brazo hacia su madre y entre llantos le dijo: "No quiero irme Mamá, yo te ayudaré a pagarla".

Horas después, madre e hijo se montaban en el camión que había permanecido toda la noche aparcado en la calle y en el que cargaron sus vidas; dejando olvidados en el salón los regalos y la ilusión de sus vidas.