sábado, 29 de octubre de 2011

Senderos olvidados, momentos recordados.

Hace algún tiempo decidí que había llegado el momento de tachar de mi lista de "Cosas que me gustaría hacer", realizar el Camino de Santiago. Por diversas circunstancias no será el camino que siempre había imaginado, pero no obstante me he decidido a hacerlo a cualquier precio. Digamos que lo voy a tachar a medias, ya que tengo la esperanza de hacer mi camino soñado algún día.

No obstante y siendo consciente de que mis condiciones físicas pueden no ser las optimas, desde hace un par de semanas he estado preparándome concienzudamente para no hacer el más absoluto ridículo y retirarme al primer día de camino. Harto de andar sin rumbo a lomos de una fría y ruidosa cinta andadora, y de pedalear sin descanso durante varios kilómetros en una bicicleta estática; me decidí por salir al aire libre, que al fin y al cabo es de lo que se trata. Así que me decidí por rehacer un camino que otras muchas veces ya había hecho en mi adolescencia. Me decidí por ir hasta Almonaster a través del sendero PR-5, que une Cortegana con dicho pueblo.



 A raíz que caminaba, trataba de convencerme a mí mismo que sería fácil, ya que llevaba varios kilómetros de preparación previa... pero me equivocaba. A mi favor he de decir que las condiciones del sendero no son las que recordaba... o quizás fuese que el recuerdo que yo tenía de aquel sendero es de cuando tenía 15 o 16 años, y claro, con esa edad uno no era tan sedentario y la vitalidad era otra. La realidad es que me estaba costando más de lo que pensaba que me costaría, pero bueno, tampoco se trataba de una competición y decidir bajar mi ritmo, afortunadamente. ¿Qué por qué digo afortunadamente? Porque comencé a fijarme en lo que me rodeaba. Estaba en medio de la sierra, en plena naturaleza y cada paso que daba, cada piedra que pisaba, cada barranquito que cruzaba; traían a mi memoria momentos antes vividos por aquellos lugares. A mi cabeza venían muchos nombres: Ortega, Víctor, Eusebio, Gory´, Jony... ¡era increíble¡ Que buenos ratos habíamos echado por aquellos caminos y con qué facilidad habíamos sorteado todos los accidentes orográficos del terreno.


No pude resistirme a fotografiar con mi móvil aquellos sitios que con más exactitud recordaba, y donde me parecía vernos descansando, tomando agua o simplemente tonteando. Pero sin duda alguna, cuando llegue a ese huequito que había entre dos rocas no pude evitar esbozar una enorme sonrisa al recordar la historia del zorro. Entre la curiosidad y las bromas realizábamos el sendero y al llegar a ese lugar, no pude evitar mirar a través de aquel hueco, sorprendiéndome al descubrir en su interior un zorro. Mientras todos corrían asustados, Eusebio se asomaba por el otro extremo para verlo, sin percatarse de que yo ya había tomado un palo para intentar ahuyentarlo y poderle ver fuera de aquel agujero. Al empujarle para hacerle salir, este se movió y Eusebio, que aun se encontraba mirándolo por el otro extremo pegó tan tremendo respingo, que aun hoy al recordarlo no puedo evitar reírme a carcajadas (yo y cualquiera de los que íbamos aquel día). Tras las correspondientes risas, nos dimos cuenta de que estaba muerto y no se nos ocurrió otra cosa que cortarle el rabo y llevárnoslo, para luego contar que lo habíamos cazado nosotros.... en fin... jajajaja.




Pero no todo estaba tal y como lo recordaba. La mano del hombre se notaba y donde antes caminabas por un pequeño camino de cabras, ahora lo haces a través de un carril de 4 metros de ancho, hormigonado y a ambos lados rotundos postes eléctricos de metal... increíble. Pero también me encontraba con lo opuesto, antiguas señales que antes tenían una importancia vital y que ahora, por toda la modernización que ha sufrido nuestro entorno, carecían de importancia alguna. Al menos eso parecía por el estado de conservación por el que pasan.




En definitiva, una tarde maravillosa de fotos, recuerdos y naturaleza. Eso sí, aun no había llegado a Almonaster y ya me quería morir. Y justo antes de llegar a Cortegana, que por cierto volví por la carretera con la esperanza de que alguien me reconociese y me ofreciese su coche para desplazarme; ya tenía agujetas. No creo que me dé tiempo a estar preparado para caminar 25 km diarios durante 5 días, pero no dejaré de intentarlo.